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Interés General - Femenino por derecho propio

Femenino por derecho propio

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Cuando una muchacha plebeya se casa con un príncipe, sea éste azul o anaranjado, suele compensársele su renuncia a toda posibilidad de carrera personal con la concesión del título de princesa. Reliquia, como la realeza, de un pasado en que la mujer raramente ocupaba posiciones por derecho propio y era común que se la reconociera por el título del marido. Así, la reina era la mujer del rey; la generala, la mujer del general, y la zapatera, la mujer del zapatero. Nadie suponía por eso que la reina gobernara o que la generala comandara ejércitos, y mucho menos que la zapatera remendara zapatos, una actividad que, según demuestra la historia, sin duda exige un aprendizaje más arduo, porque mujeres hubo desde antiguo, aunque pocas, que empuñaron el cetro o la espada, pero, ¿qué zapatera consorte, por muy prodigiosa que fuera, se atrevió alguna vez con el martillo y la lezna?

Llamativamente, los títulos así adquiridos llevaban siempre terminaciones en –a, no solo los formados sobre masculinos en –o, que por regla hacen el femenino en –a, sino también los correspondientes a palabras en –e o en ciertas consonantes, que bien hubieran podido ser consideradas de género común.

Un lugar en la sociedad

 

Esta manera de designar a las mujeres, aunque hoy en día nos suene muy desagradable, cumplía una función de gran utilidad. Siendo el matrimonio casi la única carrera que se les ofrecía, la posición del marido también las definía a ellas. Al adjudicarles el título correspondiente a la dignidad o cargo del marido, a su oficio o profesión, se las situaba con toda claridad en la jerarquía social.

Pero, ¿cómo designar a las adelantadas que ocuparon posiciones o ejercieron actividades reservadas a los varones? A algunas las conocemos por sus nombres: fueron las reinas que subieron al trono por derecho propio (o sin derecho fueron capaces de conquistarlo) y pasaron a la historia. Otras vivieron más oscuramente, pero supieron ganarse el sustento con oficios de varón. Tal vez porque no eran muchas, la lengua no se preocupó por crearles un nombre especial y la misma palabra que servía para designar a “la mujer de” se usó para nombrar a estas mujeres de nadie, dueñas de sí mismas.

Así figuran en el Diccionario de la Real Academia Española desde las primeras ediciones. Y, aunque más mérito tenían estas mujeres que las otras para apropiarse del nombre, solo aparecen en segunda acepción. Por ejemplo, en la primera edición, el llamado Diccionario de autoridades, publicado entre 1726 y 1739, reina se define como “la Esposa del Rey, ò la que posee [sic] con derecho de propiedad un reino”, y zapatera, como “la muger [sic] del Zapatero, ò la que cose, ò hace zapatos”. Pero no hay que culpar por eso a la Academia, que respetaba la prioridad de la acepción más usual. Y tampoco es un error que la palabra coronela, al aparecer por primera vez, en la edición de 1780, se definiera como “la muger del coronel” y nada más, pues la mujer no tenía acceso a la milicia.


¿Ignorancia o machismo?


La confusión sobrevino en tiempos recientes, cuando las mujeres empezaron a invadir campos vedados. Muchos y muchas sintieron que el nombre que designaba a “la mujer de” desmerecía a las que podían usarlo por mérito propio. No se dieron cuenta de que la fuerza de la realidad iba a hacer caer en desuso las viejas acepciones (de hecho, en la última edición del Diccionario, del año pasado, la mayoría de ellas figuran como familiares y desusadas). Aparecieron entonces la coronel y la general, y, mucho peor, por tratarse de palabras en –o/–a, la médico, la abogado, la arquitecto, la perito y la ingeniero. La Academia no propicia el uso de estas últimas formas, pero reconoce que se dan.

Afortunadamente, esos horrores se oyen poco en Argentina, donde casi todo el mundo dice la médica, la abogada, la arquitecta y la ingeniera. Pero tuvimos una presidenta (irónicamente, una que, aunque elegida por el voto popular, había llegado al cargo por ser “la mujer de”) que se hacía llamar “la presidente”. Las dos formas son correctas, pero esta machista señora no lo hacía por ninguna razón gramatical: así como trataba de agrandar su cuerpo menudo disfrazándose con una capa de marino, creía que usar la forma que le sonaba masculina también agrandaba su autoridad.


Lucila Castro para La Nación, 9/02/2002

 


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